Yoga para principiantes: cómo empezar en casa

Erika acompaña a una alumna principiante en una postura del niño con apoyo sobre una manta

[VALIDAR CON ERIKA: artículo pendiente de aprobación. No se publica en producción sin su visto bueno.]

Si alguna vez pensaste «el yoga no es para mí», este artículo es para vos. Tal vez viste fotos de gente haciendo posturas imposibles. Tal vez probaste un video y te perdiste a los cinco minutos. O tal vez nunca empezaste porque no sabías por dónde.

Te cuento algo: la práctica es simple. Lo difícil es darse el espacio. Acá tenés todo lo que necesitás para empezar en casa, con tu cuerpo tal como está hoy.

«No soy flexible»: el mito que te frena

Es la frase que más escucho. Y la entiendo, porque la imagen que circula del yoga es la de cuerpos que se doblan como si no tuvieran huesos. Pero decir «no hago yoga porque no soy flexible» es como decir «no me baño porque estoy sucia». La flexibilidad no es el requisito: en todo caso, es algo que puede ir llegando con la práctica. Y si no llega, tampoco importa.

El yoga que yo enseño no se trata de lograr posturas. Se trata de aprender a bajar el ruido: respirar mejor, aflojar la espalda, volver al cuerpo después de un día largo. Para eso no necesitás tocarte los pies. Necesitás estar ahí, respirando, con lo que tenés.

Casi siempre, cuando alguien prueba por primera vez, descubre que no era nada del otro mundo. Que su cuerpo ya sabía más de lo que creía.

Qué necesitás para empezar en casa

Mucho menos de lo que pensás:

  • Un espacio donde puedas acostarte en el piso. Con estirar los brazos sin chocar nada, alcanza. No hace falta una habitación entera.
  • Un mat, o una manta doblada. Si todavía no tenés mat, una manta sobre una alfombra funciona para empezar. Evitá superficies que resbalen.
  • Una almohada o un almohadón. Para apoyar la cabeza, las rodillas o sentarte más alto.
  • Ropa cómoda. Que te deje moverte y respirar. Descalza es mejor.
  • Diez a quince minutos sin interrupciones. Celular en silencio. Si hay chicos o mascotas en casa, avisá que es tu momento, o aprovechá cuando duermen.

No necesitás ropa especial, bloques, música ni velas. Si te gusta, sumalos. Pero no los esperes para empezar.

5 posturas básicas con variaciones suaves

Estas cinco posturas son una buena base. Hacelas despacio, respirando por la nariz. En todas vale la misma regla: si algo duele, salí de la postura. Molestia leve de estiramiento, sí. Dolor, no.

1. Postura de la montaña

De pie, pies separados al ancho de la cadera, brazos al costado. Sentí los pies apoyados en el piso, repartí el peso entre los talones y la parte delantera. Rodillas sueltas, sin trabarlas. Hombros lejos de las orejas. Respirá cinco veces. Parece que no hacés nada, pero es la base de todo: aprender a estar de pie con presencia.

Variación suave: si te cuesta el equilibrio, apoyá la espalda contra una pared.

2. Gato y vaca

En cuatro apoyos: manos debajo de los hombros, rodillas debajo de la cadera. Al inhalar, dejá caer suavemente el abdomen y levantá la mirada. Al exhalar, redondeá la espalda como un gato y llevá el mentón hacia el pecho. Repetí de cinco a ocho veces, siguiendo la respiración. Es una de las mejores formas de aflojar la espalda después de un día sentada.

Variación suave: si te duelen las rodillas, poné una manta doblada debajo. Si te duelen las muñecas, apoyá los antebrazos. También podés hacerlo sentada en una silla, con las manos en las rodillas.

3. Postura del niño

Desde cuatro apoyos, llevá la cadera hacia los talones y apoyá la frente en el piso o sobre un almohadón. Brazos estirados hacia adelante o al costado del cuerpo. Quedate de cinco a diez respiraciones, sintiendo cómo se abre la espalda al inhalar. Es una postura de descanso: podés volver a ella cada vez que lo necesites.

Variación suave: separá las rodillas y poné un almohadón entre los talones y la cadera, o debajo del pecho. Si estás embarazada, separá bien las rodillas para dejar espacio a la panza.

4. Puente

Acostada boca arriba, rodillas flexionadas, pies apoyados al ancho de la cadera, cerca de la cola. Brazos al costado. Al inhalar, apoyá bien los pies y levantá la cadera de a poco. Al exhalar, bajá despacio, vértebra por vértebra. Repetí de cinco a seis veces. Activa las piernas y los glúteos y abre el pecho.

Variación suave: levantá la cadera apenas unos centímetros. O dejala arriba apoyada sobre un almohadón firme y quedate respirando.

5. Relajación acostada

Boca arriba, piernas estiradas y un poco separadas, brazos al costado con las palmas hacia arriba. Cerrá los ojos. Dejá que el cuerpo pese. Quedate de tres a cinco minutos, solo respirando. Muchos principiantes la subestiman, pero es una parte central de la práctica: el momento en que el cuerpo integra lo que hiciste.

Variación suave: almohadón bajo las rodillas si te molesta la zona lumbar, y una manta encima para no tener frío. En embarazo avanzado, hacela acostada de costado, sobre el lado izquierdo.

Una secuencia de 15 minutos

Con estas cinco posturas y un poco de respiración ya podés armar una práctica completa. Te propongo esta:

  1. Minuto 0 a 2: llegar. Sentate cómoda, sobre un almohadón si lo necesitás. Cerrá los ojos y hacé algunas respiraciones con la exhalación un poco más larga que la inhalación.
  2. Minuto 2 a 4: cuello y hombros. Sentada, llevá la oreja hacia un hombro y después hacia el otro. Hacé círculos lentos con los hombros hacia atrás.
  3. Minuto 4 a 6: gato y vaca. En cuatro apoyos, de ocho a diez repeticiones siguiendo la respiración.
  4. Minuto 6 a 7: postura del niño. Descansá cinco respiraciones.
  5. Minuto 7 a 9: montaña. Subí de a poco a estar de pie. Respirá en la montaña. Después, con una inhalación, llevá los brazos arriba y con la exhalación bajalos. Cuatro o cinco veces.
  6. Minuto 9 a 11: puente. Bajá al piso y hacé cinco o seis puentes lentos.
  7. Minuto 11 a 12: rodillas al pecho. Abrazá las rodillas y balanceate suave de lado a lado para masajear la espalda.
  8. Minuto 12 a 15: relajación acostada. Quedate quieta, respirando. Para salir, mové los dedos, girá hacia un costado y subí despacio.

Precauciones. Si en algún momento sentís mareo, sentate o acostate y respirá normal hasta que pase. Si algo duele, pará. Si estás embarazada, tenés una lesión, una cirugía reciente o alguna condición de salud, consultá a tu médico antes de empezar. Al pasar de acostada a de pie, hacelo siempre despacio, pasando por el costado.

Cuántas veces por semana

Más que la cantidad, importa la constancia. Quince minutos tres veces por semana suelen hacer más que una hora una vez por mes. Si podés sumar un par de minutos todos los días, mejor todavía, pero no lo conviertas en otra obligación que te hace sentir en falta.

Una idea que funciona: elegí un momento fijo del día y atalo a algo que ya hacés. Después de ducharte, antes de cenar, cuando los chicos se duermen. Así no depende de la fuerza de voluntad.

Y si un día no podés, no pasa nada. El yoga te espera. Volvés mañana.

Errores de principiante

  • Forzar. Llegar más lejos no es mejor. Si apretás la mandíbula o dejás de respirar, estás yendo demasiado. Volvé un poco atrás.
  • Olvidarte de respirar. Pasa muchísimo. Si notás que estás conteniendo el aire, pausá y volvé a la respiración.
  • Compararte. Con la chica del video, con tu versión de hace diez años, con cualquiera. Tu práctica es tuya.
  • Saltearte la relajación. Parece el momento de «no hacer nada», pero es tan importante como las posturas.
  • Empezar con videos muy exigentes. Hay mucho contenido pensado para quienes ya practican. Si terminás frustrada o dolorida, no es tu culpa: no era para vos todavía.
  • Esperar resultados de un día para el otro. El cuerpo cambia despacio. Muchas personas sienten más calma desde las primeras prácticas, pero la espalda más liviana o dormir mejor suelen llevar un tiempo.

Cuándo buscar una clase guiada

Practicar sola en casa está muy bien. Pero hay momentos en que una clase guiada hace la diferencia, ya sea en clases de yoga personalizadas o en los grupos de yoga online:

  • Cuando no sabés si estás haciendo bien las posturas y querés que alguien te mire.
  • Cuando te cuesta sostener la práctica y necesitás un horario y alguien que te espere.
  • Cuando tenés dolor de espalda, estás embarazada o atravesás un momento de mucha ansiedad, y necesitás adaptaciones.
  • Cuando simplemente querés compartir la práctica con otras personas.

Si te pasa alguna de estas, escribime por WhatsApp y coordinamos una clase: para que pruebes, me conozcas y veas si te resuena. Es suave, con opciones para cada cuerpo, y nadie te va a pedir que hagas nada que no puedas.

Empezá con una clase conmigo

Si querés dar el primer paso acompañada, escribime por WhatsApp y coordinamos tu primera clase. Solo necesitás un lugar para acostarte en el piso, ropa cómoda y ganas de probar. Llegás como estás.

Estas clases son un acompañamiento desde el cuerpo. No reemplazan tratamiento médico ni psicológico. Si tenés un diagnóstico, consultá a tu médico.

Erika

Escrito por Erika, profesora de yoga integral. Más de 8 años enseñando.

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